Buen tema

Lugar: Plaza de Santa Ana

Un poco más abajo está sentado Roberto, un genio del acordeón, con el que he trazado una bonita amistad. A su lado espera Federico García Lorca el vuelo de la alondra. Una vez pensé en colocar el tinglado poético a la sombra de su trasero pero está en todo el medio. Demasiado expuesto. Además el parque de los niños queda muy cerca y así no hay quien se concentre.

[…]

Y ya la saco. Una máquina de escribir Hispano Olivetti Pluma 22 de finales de los sesenta que revela a los transeúntes parte del secreto que terminarán por desvelar las teclas. La saco de la funda del mismo color, verde grisáceo y la coloco sobre la vulgar y funcional ‘Tablemate’ que se comba bajo la magnitud de su peso etéreo. Algo menos de cinco kilos.  Las negras teclas relucen expectantes previo porvenir. La máquina imanta intereses, concentra atenciones; se erige en dueña y señora de la acción. Todavía funciona y de qué manera. Ni si quiera he tenido que cambiarle el rollo de tinta en un año. Si se fuera la electricidad del mundo y quedásemos a oscuras yo seguiría escribiendo en esta preciosidad.

Atavismos del cómo −por qué− incomprensibles a simple vista pero cubiertos por un rojizo atardecer de fallecida tormenta.

Silla, mesa, carteles, máquina, cuartillas, botella de agua a mi vera y a esperar. Como solo me quedan cinco cuartillas saco los folios verjurados que anteriormente introduje en el bolsillo delantero del carro y los doblo por la mitad. Paso la lengua por el borde y los segmento en dos. Repito la misma operación hasta dividir el folio en cuatro cuartos y así hasta obtener unas veinte cuartillas. Podría parecer prepotente pero no creo que me pidan veinte poemas hoy. Más bien lo hago como rutina relajante, para entrar en calor y acondicionarme a los ritmos de la Plaza. Mientras continuo con mis operaciones muchos curiosos se fijan en mi tinglado. Se oyen murmullos tipo ‘mira, poesía instantánea’ o ‘cari, poesía’ seguido de un gruñido y una mirada masculina reprobatoria. A veces ni me percato de estos sucesos, otras ni me inmuto y algunas sonrío. Me suelo reír mucho, mitad por fuera y mitad por dentro, cuando pasa una pareja y la chica me mira curiosa o interesada o incluso conmovida mientras su novio frunce el ceño desconfiado. Me gustaría poder explicarles que no solo son poesías de amor, pero ya se sabe lo que pasa con los impulsos.

Se acerca Roberto y me da un abrazo.

Qué pasa tío que ya no vienes por aquí.

Es que he estado yendo al rastro las últimas semanas, hay más gente.

¿Y bien?

Muy bien. ¿Tú qué tal?

Me mira con cara de cansancio y bofetada. Susurra un tímido mal.

¿Cómo que mal? ¿Todo el rato mal? No puede ser Roberto.

Ya tío pero es que las cosas están fatal y encima la mierda de la Policía no me deja tocar.

Cabrones. ¿Quieres un café?

No gracias, me acabo de tomar uno, te dejo a lo tuyo.

Tan solo es una mala racha. Tiene que pasar. Se va y miro el flujo de personas con la esperanza de que alguno se atreva a cruzar el umbral de mi pompa de la poesía. Miradas, comentarios, sonrisas y gestos de aprobación. La que se acerca enseguida es la hija de Roberto, Ana. Es una niña de siete años con el pelo largo y negro, muy guapa, que está mudando los dientes de leche.

Hola Ana.

¿Hola, qué haces?

Pues escribo poemas.

¿Me escribes uno?

No, ahora no que estoy ocupado.

Pero si no hay nadie.

Ya pero estoy pensando.

¿Y en qué piensas?

En muchas cosas.

¿Puedo escribir?

No, porque la máquina explota si no sabes utilizarla.

Qué mentiroso.

Es verdad, toca aquí.

La niña me mira escéptica y acerca temerosa, poco a poco, su diminuto dedo hacia la tecla del espacio. Cuando ya está a punto de tocarla… Booooooom!!!!!!! Susto.

Qué mentirosillo, silba por sus huecos dentales entre risas. ¿Puedo escribir?

No, anda vete a dar una vuelta y déjame tranquilo que estoy trabajando.

Miro intemperie, caso con la nadie de las estatuas. Hojas que brillan, miles de espejos impacientes por reflejar su trocito de universo. Pasos zapatos. Pajaritos en el aire. Las hormigoneras calientan los versos que sellarán los ladrillos de tu nosotros.

Hola, ¿qué tal, cómo funciona esto?

Alzo la cabeza y veo a un hombre y una mujer de mediana edad. Ella deslumbra una sonrisa incontenible, él se muestra curioso pero más reservado.

Esto es poesía instantánea. Tú me dices un tema o varias palabras, una impresión, una imagen, lo que quieras y yo escribo el poema en la máquina en el momento.

Se quedan pensando unos segundos. ¿Cuánto cuesta?

Es una donación.

¿Entonces nosotros te decimos el tema?

Sí.

Ella mira hacia abajo buscando la inspiración que perdió al llegar. Él intenta ayudarla más extraño que otra cosa.

Joé, qué difícil, dice ella.

No te preocupes, tómate tu tiempo, suele pasar.

Mmmm, no se me ocurre nada, le dice a su compañero.

Emmm, murmulla él.

¿Las flores del verano?

¿Y los autobuses? responde él.

¿Los autobuses vacíos?, sugiero.

A ella se le ilumina la cara y asiente decidida. Los autobuses de flores.

Buen tema, me digo.

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