De hechizos sensibleros, espadas y derecho de admisión

Ayer volví a sacar la máquina al empedrado. En el Rastro, por supuesto. Me coloqué donde siempre, al lado del puesto de loterías, pero pronto salió el camarero con cabeza de minotauro que regenta el bar de la Cruz, el de los caracoles, a decirme que me fuera de la puerta de su establecimiento. Está bien, puede que ya me lo hayas dicho otras veces, tranquilo amigo… pero esas no son formas. Iba demasiado puesto de vorágine; demasiado indoctrinado con el ‘cuanto más bruto, menos dudas’. Yo moví mi tinglado trashumante unos metros a la izquierda y listo.

Escribí unos 6 o 7, ya no recuerdo. Y podría recordar si les hubiera tomado una foto a todos pero no lo hice. ¿Por qué? No sé. Creo que porque me costaba sacar el móvil en el momento de la entrega, como si fuera a violentar el momento más solemne del ritual. Ya ves tú, no habré tomado fotos de los poemas 100 veces. Pues en esta ocasión me costó sacar el revolver. La próxima vez no me andaré con tanta sensiblería.

Me recomendaron mejorar los carteles para que fuesen más informativos y diesen más pistas a los transeúntes. Consejo que seguiré. Y una madre puso a su hijo delante de la máquina para que pidiese un poema. Le pregunté al crío, de 8 años o así, si había visto alguna vez una máquina de escribir y me contestó con suficiencia que claro, que un montón. Le pregunté qué tema quería y sin vacilar contestó “mi espada”. Los adultos buscan en el suelo o en el cielo la inspiración perdida. Escudriñan el universo en busca del tema adecuado al tiempo que ponderan cosas como “¿pareceré tont@ si digo el pepino?” Algunos, no todos. El niño no. El niño elige en un nanosegundo “mi espada”. Yo le preguntó que por qué le gustan la espadas y él me mira con cara de “¿me estás vacilando?” y me contesta ordenadamente: “porque brillan mucho y son de metal y son muy fuertes”. Ese no lo fotografíe porque como ya he dicho antes, estaba colocado de un hechizo que me impedía conservar lo transitorio. Pero era algo sobre una voz que le gusta su espada porque con ella puede a los monstruos y además brilla más que un diamante y que luego se le pierde o la cambia por un coche, una casa, un sofá… y se da cuenta de que en realidad no quiere nada de eso, lo que quiere es tener su espada otra vez. Espero que cuando el niño sea mayor, lo vuelva a leer y en un impulso “crisis de los 40” cambie todo eso por una espada templaria.

Uno de los que sí fotografié fue éste que me pidieron unas chicas que habían ido a ARCO con unas invitaciones pero que en la puerta les habían dicho que tenían que pagar. La indignación e ironía de las muchachas se filtró de poro a poro y provocó el “Derecho de admisión”.

 Derecho de admisión

Derecho de admisión

hay quien pone puertas a la cultura

pone pegas altaneras

expone cuadros que nadie entiende

que parecen ensaladas

camperas y perdonan vidas

si te dignas a mirar

no digamos ya a interpretar

y por eso esconden lo que expresan

en recintos industriales

más bien naves espaciales

y te tiran sin motivo

porque te olvidaste el flyer.

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