Insomnio voluntario

Sigo con mi puritanismo fotográfico, incluso todavía más acervado. Este domingo escribí unos 10 poemas en el Rastro pero solo me quedé con una foto. Creo que a pesar de acabé satisfecho con todos y a pesar de que la gente quedó contenta con todos (unos más que otros), éste fue el único que me tocó con la varita mágica y me transportó al lugar de turbulencia y sensibilidad que atesora el orden, la asociación, el ritmo y en definitiva, las palabras adecuadas.

Un poema no sale solo de ese lugar. Sale espoleado por alguien o algo o por un conjunto de álguienes y de algos. El sol me estaba calentando el cerebro (bendito entre tanta nube) cuando se acercaron dos chicas sin vergüenza ni reparo con un par de latas cinco estrellas en la mano. Yo escribía para otra persona y ellas se reían y decían cosas que no lograba comprender. Yo me reí, pregunté y se fueron. A la media hora volvieron más decididas, con la seguridad de proporcionar su parte del trato, con enormes lentes cubre ojos y un gran tema, en vez de latas, en la mano. Es que sufrimos de insomnio, dijeron. No, contesté, sufrís de insomnio voluntario. Y así una vez acabado el poema del insomnio voluntario se rieron con el mundo, en su ocaso, de su parte y se fueron probablemente sin entenderlo del todo a dormir la mona. Al despertarse  por la tarde, ya invadidas de resaca y letargo, sentirían algo raro, la consciencia apoderándose de ellas lentamente, la consciencia de que lo pasado no era azar, estaba predeterminado.

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