La máquina

Cuando te conocí te dije: qué verde más particular tienes niña. Es cierto. Además venías envuelta en una funda de lo más elegante. Aún así traías un halo apático preocupante. Un principio de depresión por haber pasado tanto tiempo de escaparate en escaparate e incluso largas temporadas almacenada en cualquier lúgubre sin luz. Habías perdido la chispa, la gracia, el reprís. Tenías que volver a la acción. Dejar salir de tu pecho una retahíla de improperios; una ametralladora de teclas sin compasión. Te puse el papel en el rodillo y comencé a escribir cosas sin sentido. Dentro de ti latía un tenue espasmo. Entonces caí en la cuenta de que quizás jamás escribiste poemas.

 máquina

En tus 50 años de vida no probaste bocado de literatura. Tu primer destino fue una institución pública. Hacienda. Puff. Algún departamento del Ministerio de Hacienda, todo en blanco y negro con olor a franquismo. Pobre. O pudo ser el registro mercantil. Estuviste rodeada de hormigón y corbata durante 20 años hasta que te metieron en un archivador del que te rescató un honrado y te llevó a su casa. Allí permaneciste en estado de hibernación hasta que el hijo del patrón te vendió por unos duros. Y así de mano en mano hasta llegar a la tienda retro de la que te saqué. Informes, dosieres, multas, notificaciones, documentos, partes, memorias, testimonios, expedientes, sumarios, notas simples, teletipos, recursos, certificados, patentes, contratos, partidas, atestados, acreditaciones, circulares, etc. Tranquila, no llores más, sé que lo has pasado mal. Sé que has sufrido pero yo te redimo de tu anterior existencia. A partir de ahora sólo escribirás poesía instantánea.

 Tras el sueño, primavera

Qué guardas que atraes a todas las personas. Pragmatismo y comodidad ataviada de romanticismo. Los mayores se acercan a contarme que tuvieron una igual que tú o parecida. Ah, es una Olivetti. Se ponen nostálgicos contemplándote como un vestigio de su tiempo que no es ahora. El  goteo incesante de teclas ataca lo más profundo de la memoria. Despiertas recuerdos, personas, decisiones, condiciones. Un viaje en el tiempo. Todavía la tengo en el salón, me dicen. Cuídala. Te cuido. Otros de mediana edad recuerdan las clases de tipografía, los exámenes para acceder a aquel empleo. Una era perdida bajo el código que construyó el ordenador. Los niños se preguntan curiosos cómo funcionas. Los padres de la mano acercan a los más pequeños para explicarles lo que eres. Algún pícaro me pregunta si te he instalado el Windows Vista. Qué va, llevas Linux, contesto. Hay días en los que me convenzo de veras que dentro de esos engranajes guardas algún destello de vida que guía mis dedos en la creación.

Aunque a veces te encasquilles en la tecla E, aunque dejes que se enganchen varios tipos para que te desanude, sin querer queriendo, aunque bloquees la palanca que libera el carro y dejes que mi cabeza avance unas cuantas palabras mientras el poema se planta anquilosado en un espacio, ahora baliza de tinta en el papel… Yo te quiero.

Cuando te miro pienso en todos los poemas que hemos escrito. Comenzamos en agosto de 2012 pero en aquel entonces no los capturaba. A día de ?-10-2013 habremos escrito unos 200 poemas. Yo picando mi poesía instantánea y tú recobrando las ganas de vivir. Pero espera, si de media nos dan cinco euros por poema, hemos hecho unos 1000 euros. No está mal.

Vale, tienes razón. Sí.

200 personas andan por ahí, −no sólo en Madrid sino en Europa, Estados Unidos y Corea del Sur− con un poema nuestro. Un poema único. Algunos lo habrán colgado dentro de un marco, otros bajo un imán de la nevera, otros lo habrán extraviado. Alucina. Nuestra poesía ha llegado a 200 personas.

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