Sacar la poesía a la calle

Yo era un poeta reservado. A tiempo parcial entre la prestidigitación del lenguaje y la reflexión filosófica. La primera me concedía el juego; la segunda el alivio. Pero la poesía siempre andaba quejándose en mi cuarto, sobre mi escritorio. Maullando sin parar como loca por salir a la calle. Los días de recitales se volvía fuegos artificiales. Me poseía de grito y color. Tensaba la vena que recorre mi frente y hacía suyas mis palabras. Al día siguiente volvía a la jaula de preventiva privacidad. Esta dosificación del éxtasis hacía de sus estados de ánimo una montaña rusa. Insoportable.

Por los azares del destino decidí sacarla al empedrado. Bajo el sol, rodeado. Acostumbrada a estar sólo conmigo, la poesía desconfiaba de este nuevo entorno. Poco a poco fue venciendo la timidez y encontrándose más a gusto. Conociendo la Plaza y sus vicisitudes, reconociendo olores y calores. También a los habituales como Roberto, Ana, el camarero de la terraza de al lado, para el que el mundo está perdido pero las rubias son pura poesía. Y es que se muestra de muchas formas, casi siempre sujeta a la lente que la mira. Y así cambia constantemente, altera formas y texturas. La única manera de reconocerla es sentirla.

La estrella que más brilla

La poesía al final hizo la Plaza suya. Se sentía pletórica a plena luz del día. Hacía de filtro de personas interesantes, los únicos que la atendían, e intimaba con las personas que normalmente no la consumían. Se introducía en sus casas para agitar sus vidas, que ya estaba bien de agitar tanto la mía.

Álvaro me dijo un día, qué locura y qué fantástico sacar a pasear la poesía para que los menos acostumbrados entren en contacto con ella. Álex, tú no te das cuenta pero lo que estás haciendo por la poesía es maravilloso. Cosa que me recordó a lo que me dijo una vez Rod Castle en Maleny cuando plantaba árboles y que es parecido.

Y así la sacaba a la Plaza todos los fines de semana que podía y también inconscientemente modificaba mi uso del espacio público. Con la excusa de emancipar mi poesía detuve el tránsito, del adoquín mi despacho hice y en interacción cara a cara convertí mi actividad. La poesía hizo estables sus estados de ánimo y dejó de castigarme. En poco tiempo pasó de privada a pública. Aquella solitaria de baja intensidad, de grandilocuente intimidad, se volvió primero extrovertida y luego radiante. Supongo que alguno que por allí pasaba, aunque no llegara a acercarse, salvando alguna acusación de divina y transitoria locura, para sus adentros pensó: y por qué no voy a hacer yo lo mismo con lo que me gusta.

El viaje

 

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