De vuelta a la infancia

1045133_615657208452769_47137125_nLa poesía instantánea me ha devuelto a la infancia. A ese estado de creatividad plena sin restricción. No falla, en mi viaje infantil me llevo conmigo a todos los que se acercan a por un poema. De la mano volamos a Nunca Jamás, donde no existen miedos ni responsabilidad, ni la presión del dinero. Un viaje amnésico que sustituye el ‘tengo que hacer’ por el ‘quiero hacer’. Un viaje olvidado a propósito en el fondo de un baúl en aras de la hegemonía de las facturas. Menos mal que todos conservamos la llave que lo abre. Quizás algún día nos decidamos a hacerlo.

Beeeeee...

Pero no todos somos adultos en este cuento, algunos siguen siendo niños. Ana, la hija de Roberto siempre anda cerca de la máquina para ver si le dejo escribir un poema. Para pasar el rato he desarrollado un juego muy entretenido con ella. Yo digo una palabra y ella tiene que adivinar si existe o no. El que llega a cinco aciertos gana:

Ummm parabrisas.

Ana coloca su pequeño índice en el hueco de su incipiente dentadura para pensar, contonea su cuerpo un par de veces para sacudirse la mala suerte, se le iluminan los ojos y exclama:

Verdadero.

Sí, contesto con un fingido abatimiento.

Ana da palmas y se desternilla. Para cortar la euforia prosigo.

A ver, a ver. Garnácula.

Ana repite el mismo procedimiento y al final contesta:

Falso.

Esta chica tiene el día hoy.

Rododendro.

Falso.

No. Es verdadero, es una planta muy bonita con flores rosadas.

¡Nooooo!

Al final me gana por cinco a cuatro. Para celebrarlo escenifica una especie de baile de la victoria que viene de lo más profundo de su ADN para burlarse de mí.

¿Puedo escribir un poema?

Pensé que sería bueno que se fuera a dar una vuelta y que me dejara tranquilo un rato. Nadie se acercaba a pedirme poemas por lo que debía preguntar a los que pasaban si querían uno, atacar un poco la calle. Pero aquella niña atenuaba la exposición que sentía y además aplacaba mi soledad.

Porque no me escribes un poema a mí, le dije.

¿En la máquina?

No porque no sabes utilizarla, ¿tienes boli y papel?

¡Sí!

Ana corrió hasta desaparecer y volvió con un cuaderno.

Dame un boli que no tengo.

Se lo di.

¿Tiene que ser sobre ti?

No, hazlo de lo que quieras. De lo que se te pase por la cabeza.

Ana miró hacia arriba, robándole inspiración al cielo y se puso a escribir.

Divisé un grupo de ancianos que me llamó mucho la atención. Había dos señoras mayores sentadas en un banco charlando con otro abuelo sentado en una bicicleta. Éste hablaba gesticulando con chulería, con una gorrilla torcida sobre la cabeza. El tipo apoyaba los antebrazos en el manillar, se erguía otra vez, giraba el manillar, se colocaba la gorrilla y seguía hablando con ellas.  Todo sin bajarse de la bici, lo que animaba su cortejo. Parecían chavales de trece años. Es inevitable, pensé, tarde o temprano el tiempo se encargará de devolvernos a la infancia.

¡Oye!, gritó Ana. Que ya he terminado mi poema. Es sobre mi perro Daf. Es que tengo un perro sabes… y es tan bonito. Hazle una foto como haces a los tuyos.

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