El efecto dominó

Acostumbra a ponerse en la Plaza de Santa Ana pero últimamente acude más al Rastro los domingos por la mañana. La rutina es distinta porque tiene que levantarse temprano y no le gusta en domingo cuando aún vagan por su organismo los residuos del sábado. También su aproximación a la elaboración es diferente; frenética, lo que le obliga a escribir poemas más cortos. Allí no tiene que abordar a las personas ni ofrecerse demasiado. Tampoco llama la atención porque el flujo es constante. En la Plaza Santa Ana es muy raro que se dé un día abarrotado. Es un lugar más de tránsito, más imprevisible. Por eso no van otros trabajadores de la calle aparte de los que tocan el acordeón. El rastro es un lugar destino donde la gente trae consigo una relativa predisposición a comprar.

IMG_4143Son las once y ya tiene todo colocado; espera al primero que inaugure su máquina, que abra la veda de la poesía instantánea. Mientras tanto él cruza miradas y medias sonrisas; bebe agua. Otras veces suspende su mirada en un punto, a la altura del torbellino de rodillas que cruzan su mesa. Todos le miran curiosos pero ninguno se acerca. Pasa media hora y nadie le pide un poema. No deja que la atmósfera le abrume. Estos intervalos se transforman en verdaderos ejercicios de meditación pero en seguida vendrá alguien y le pedirá uno. También puede ser que comience a escribir uno por gusto. Elegirá un tema, normalmente relacionado con lo que hace y se pondrá a escribir. Por puro placer. La legitimación de su puesta en escena atraerá a muchas personas que le rodearán curiosos. Alguno agachará la cabeza por detrás para descifrar lo que está escribiendo. Alguien le pedirá uno seguro. Cuando eso suceda no parará de escribir en una hora. El interés de un tercero imantará el del cuarto y así sucesivamente. Qué previsibles somos los seres humanos, rehenes del efecto dominó. Durante la próxima hora su cabeza trabajará a mil por hora, echará humo como una locomotora. No podrá dudar más de tres segundos. Atender no solo a los destinatarios del poema que escribe sino a los interesados en uno futuro. Se formarán turnos. Velados malestares porque uno se ha colado. Paciencia. Alguien se irá. Entonces el poeta añorará esa media hora de calma. Esos ejercicios de contemplación estoica envueltos de impaciencia.

El efecto dominó

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