Entrada de emergencia

Como cada vez que voy a un sitio nuevo el aire pesa más de la cuenta. Las calles por las que creo atajar son las más empinadas del barrio y el carro se queja.

Se queja porque no le presto la atención que se merece. Porque no lo cuido y hace meses que debería haberlo limpiado un poco y echado un ojo a las ruedas. Sé que hay algún tornillo mal puesto porque a veces chirría el metal pero yo hago oídos sordos. El día que se rompa, se romperá y tan sólo espero que no sea bajando las escaleras del metro.

Camino lentamente. El carro me sigue a trompicones pero yo insisto obligándole a esquivar las piedras de la calzada. Me escondo bajo el sombrero aunque hace muchísimo calor y noto las gotas bajando por mis sienes. No me molestan porque me gusta la oscuridad protectora de la visera, así mis ojos no parecen tan azules y se disimulan un poco las ojeras.

Llego a mi destino: La Plaza Mayor. Las nubes se abren imponentes sobre mi cabeza y me siento culpable por olvidarme de ellas con tanta frecuencia. La estatua de Felipe III me mira amenazadora y me pregunto a qué viene este monumento. Observo las patas del caballo y tiene una levantada por lo que deduzco que murió por alguna enfermedad, desde luego no en plena batalla. ¿Quién podría arriesgar su vida blandiendo una espada con esa gorguera tan ridícula rodeándole el cuello? Decido darle la espalda y ponerme frente a los dibujantes mientras una peruana vestida de Minnie Mouse regala flores a los niños. Un mendigo me mira desde uno de los arcos del fondo de la fachada norte. Bueno… pues aquí mismo.

El espacio se abre inmenso ante mis 180 grados de perspectiva y me siento pequeña, muy pequeña. Las piedras se amontonan por todas partes y la geometría es una dictadura de rectángulos donde las curvas se han vuelto extranjeras. Sólo esquinas. Sólo líneas rectas. Hoy no estoy receptiva… Sin embargo me apetece estar aquí. Hoy es una de estas tardes en las que apenas he divagado. Simplemente le he dicho al carro: No seas perezoso… y no me mires con esos ojos. Vamos.

Estoy bastante triste. Y la gente puede ser buena o mala medicina. Depende. Vengo del silencio inerte de unas persianas de madera que pesan toneladas y la máquina me hace sentir fuerte. Lo reconozco. Me empodero con las teclas de un presente que no me pertenece. Y observo a la gente. Al mendigo, que me sigue mirando desde la distancia, a las muchachas delgadas con tacones afilados y pantalones cortos que muestran sus muslos bronceados al asfalto. A las familias felices y los payasos pobres que disfrazan sus lágrimas con falsas sonrisas acrílicas. Una gitana se ha vestido de cabra y la veo de espaldas como en El Aquelarre de Goya, y todo se vuelve pintura negra. Y nadie me mira a los ojos. Y la cabra amorfa menea sus cascabeles mientras los espectadores desencajan sus facciones. Quizá soy yo… que lo veo todo desde el caleidoscopio de un marrón tierra que no sé de dónde sale… Aunque me hago una ligera idea.

Escribo (para mi sorpresa) el primer poema. No por falta de gente sino porque se me había olvidado (que estaba aquí escribiendo, digo). Es un alemán grandote y rubio que me muestra a su familia grandota y rubia también y me dice: Este es mi tema. Yo miro a la familia y luego pienso en lo que ellos deben de estar viendo: A mí y detrás el culo del caballo de Felipe III. Y pienso en meter esta imagen metálica en el poema pero me limito a hablar del antes y el después, de la soledad violada por la intrusión familiar (aunque con otras palabras obviamente).

Sí… lo siento. Hoy no estoy receptiva. Y bueno, no lo niego, estos temas son soporíferos y de verdad, con lo fácil que es decir “el pterodáctilo en el tejado” o “kilómetro cero”. Incluso estaría encantada de escribir un poema sobre un tema tan general como “el cuerpo”. Pero no sobre perros, gatos o familias que se quieren mucho y sienten que son tan compactas que pueden ser tratadas como un tema o como un sujeto.

No importa. Ya se han ido y yo sigo escribiendo. Se va acercando más gente y arranco de nuevo, un poco más ligera y con más ánimos pues van mejorando los temas. Aun así me siento arisca y no hablo mucho con las personas, prefiero guardar el precioso silencio que se vuelve aliado cuando sabes que tienes poco que decir y mucho que escribir sobre el papel. No es lo mismo una palabra hablada que mecanografiada, letra por letra, sobre pulpa de celulosa laminada. ¿No es cierto?

Y entonces aparece este señor con cara de no gustarle nada la gorguera de Felipe III y me entrega un pequeño papel donde están escritas estas tres palabras: Ángeles, Aviones y Aeropuertos TWA.

Gracias. Por lo menos no tengo ni idea de una de las palabras y eso es buena señal. Me explica que TWA (Trans World Airlines) fue la aerolínea estadounidense más importante del siglo XX y mientras me habla, yo veo cómo su ropa se va transformando en la de un azafato de los años 60 y empieza a hacer movimientos exagerados explicándome cómo utilizar el chaleco salva vidas.
Sí,
ya estoy escribiendo…

TWA

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