Intuición

Hace un par de semanas en el Rastro se me acercó un hombre y me dio el tema “Dragonfly” (Libélula). Le brillaban los ojos de humildad y hablaba muy bajito. Casi como pidiendo permiso entre la fascinación y las ganas de volver a ser niño. Me gusta mucho escribir sobre instectos, sobre todo desde que cada domingo viene a visitarme una mariposa (probablemente sean varias pero yo quiero pensar que es la misma). Viene a media mañana y revolotea un poco sobre la muchedumbre hasta que se acerca y se posa en mi máquina. No me lo estoy inventando, de verdad. Hay veces que hasta se posa en mi mano y se queda ahí unos segundos, en los que dejo automáticamente de escribir y la observo como si se parara el tiempo. Ella viene a saludarme y luego se va con la misma rapidez que se desprenden de mis dedos los poemas. Y para que la gente me crea les digo: “¡Esta mariposa viene a verme todos los domingos! No me lo estoy inventando… de verdad”. Porque ya nadie cree en estas cosas. Y a veces pienso que quizá sería mejor guardarme este momento para mí. No compartirlo. Dejar que la mariposa siga su camino y yo el mío. Sin necesidad de hacerle saber a la gente que la magia existe.

Pero no lo puedo evitar. Las palabras salen de mí en diferido porque aunque a veces me esfuerce por alojarme en mi tristeza, sigo emocionándome como una niña de seis años cuando pasan estas cosas, y mi primer impulso es que la persona que tengo delante lo sienta también. Es entonces cuando me doy cuenta de que esa persona es una completa desconocida. Y quizá por eso me siento tan sola bajo el sol. Porque todas esas sombras sólo vienen de paso. Porque durante unos minutos me cuentan sus secretos con unas pocas palabras y acaban desnudándose. Pero luego se van con una pequeña parte de mí. Lo más impactante de todo es el momento en que se permiten cruzar esa línea porque todos buscamos una respuesta, y si no la cruzan, si no me dan el tema que llevan escondido bajo sus pisadas, perderán la oportunidad de exteriorizarlo (con una desconocida como yo). ¿Qué podrá decirme ella? ¿Sabrá a lo que me refiero? Entonces la curiosidad se alía con la intuición y todo se vuelve un juego maravilloso en el que todo es posible. Porque yo no sé quiénes son, pero tengo todo un abanico de posibilidades para imaginarme sus vidas:

¿Por qué me ha dado ese tema? Sus ojos parecen cansados… Mira al suelo, no me mira a mí. Ella trabaja con las manos. Ese lleva un mapa en la bolsa, ¿será geógrafo? A lo mejor es geólogo… no conozco a ningún geólogo. Él está nervioso, se muerde las uñas y mueve mucho los brazos. Este otro habla despacio, no tiene prisa. Lo puedo notar en sus gestos. Ella ya ha sacado las monedas con las que me quiere pagar… quizá de las cosas por sentado. O no tenga paciencia. Quizá ya sabe lo que le voy a decir. Démosle entonces la vuelta. Y así discurren las posibilidades que pasan por el filtro de mi cabeza y se acaban mezclando con mis propias experiencias. Es difícil no hablar de uno mismo. Casi imposible desdoblarte de esa manera con alguien de quién sólo sabes una palabra. Pero procuro hacer el esfuerzo.

Y así ocurrió con el hombre que me dio la palabra Dragonfly. Le vi muy triste. Muy frágil. Y por alguna razón me imaginé a un niño de unos cinco años corriendo por el campo cerca de un río. Este niño iba todas las tardes a ese lugar a jugar con las líbéluas. Y no había más niños, no porque él no quisiera tener amigos sino porque aquel lugar estaba lejos de todo. Su madre no tenía tiempo para él y por eso al final, sus únicos amigos eran estos insectos…

dragonfly

Más tarde me dijo que su madre acababa de fallecer, y que nunca tuvo una buena relación con ella, especialmente durante la niñez. Y no sé por qué a veces las historias encajan a la perfección… Si es por la intuición, porque decimos mucho más de lo que creemos con la mirada, o porque la mariposa viene a verme todos los domingos (no me lo estoy inventando, de verdad).

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