Quemar las naves

Se llamaba Alejandro, y había venido a Madrid para no volver.

Por lo menos no de momento.

Quemar las naves, me dijo.

Quemarlas con la mirada fija en el pasado. Una llave y la luna,

siempre la luna.

Me mostró un dibujo que había hecho en el avión viniendo hacia aquí desde México. Creo que sólo llevaba un día en esta ciudad y andaba por el Retiro como un alma que flota a veinte centímetros del el suelo, observando este nuevo mundo entre burbujas que se diluyen al rozar con los rayos del sol. El brillo. Ese brillo en sus ojos. Vagaba por el parque con la tranquilidad de un joven que no necesita usar muchas palabras.

Cuando uno está inmerso en el trance de la felicidad no puede más que sucumbir al silencio. Y él apenas podía hablar. Tan sólo observaba todo lo que acontecía a su alrededor porque todo se colaba por sus fosas nasales hasta instalarse en sus pulmones. Y yo reconocí aquella sensación. Lo vi en sus ojos y en el color que despedía su piel. Ese brillo… Esa calma inexplicable.

Quemar las naves… me dijo.

Sonrío.

Yo ya las quemé una vez.

quemar la snaves2Tania Panés

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