El cazador cazado

Hasta ayer, llevaba mucho TIEMPO tratando de cazar al fotógrafo japonés. Incluso le había dedicado un poema allá por octubre de 2013.

El fotógrafo japonés

Sin embargo, cuando escribo solo en la calle me es imposible cazarle porque centro toda mi atención en los poemas. Cuando voy con Tania es otra historia porque mientras ella escribe puedo preparar el smarto y capturarle. O mejor dicho, capturarles.

Japonesa intrépida busca encuadre particular para coleccionar fragmento efímero de momento insignificante al tiempo que muchacha desafortunada queda inmortalizada para siempre mirandome fijamente como hago una foto a una japonesa haciéndome una foto.

Japonesa intrépida busca encuadre particular para coleccionar fragmento efímero de momento insignificante al tiempo que muchacha casual queda inmortalizada para siempre como observer. Mi acto, fotografiar a una japonesa mientras nos hace una foto, queda inmortalizado (también) para siempre en el reflejo de las pupilas de la observer y probablemente en la foto de la japonesa.

A ver. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Yo también hago fotos a la gente. Son/sois/somos el sujeto fotográfico más interesante. Sería un crimen alterar la realidad solo para pedir permiso. Sin embargo, siempre trato de que mi acercamiento sea el más sensible posible, es decir, trato de establecer contacto visual previo o si pillo al sujeto o sujetos, porque también así lo deseo, desprevenidos, me acerco después y entablo algún tipo de conexión. Ese trozo de realidad que me llevo en mi cámara no solo me pertenece a mí como agente fotográfico sino también a él/ellxs como sujetos fotográficos. (Cuestión: ¿Quién es agente y quién es sujeto fotográfico en la foto anterior?)

Cuando Tania y yo salimos a la calle a escribir poesía mucha gente nos saca fotos sin siquiera mirarnos a los ojos, sin siquiera lanzarnos un tímido gesto de complicidad. Estos coleccionistas de momentos disparan su dslr o su smartphone y se van. Muchos de ellos envueltos en una especie de halo de incomodidad. Y con razón.

Nosotros no pretendemos restringir el espacio público visual, nuestro trastorno obsesivo compulsivo no llega tan lejos y sería del todo ridículo. Prefiero escribir este post, me da menos trabajo. Para mí, un fragmento visual de realidad protagonizado por un sujeto/sujetos no tiene valor ni significado si no estableces una conexión bidireccional con él/ellos. Cuanto más profunda sea esa conexión, mayor significado tendrá la foto. Ese significado, a priori solo reconocible por los protagonistas y por el fotógrafo, no me preguntes cómo, se transfiere a la imagen y a través de ella al espectador.

¿Qué clase de valor y significado tiene una foto que alguien saca con su smarphone casi sin pararse y sin mirar siquiera a los ojos a los sujetos de la misma? Pues el valor de objeto intrascendente de colección de momentos insignificantes tan típico de esta sociedad de prisas, consumo desenfrenado y egolatría indiscriminada. ¿Sabéis qué es lo que más nos falta? TIEMPO.

Consciente de que en alguna ocasión pagarán justos por pecadores porque alguna vez incluiré fotos de fotógrafos haciéndonos una foto que en realidad no encajen del todo en la clásica y decimonónica definición del japonés convencional, pero también consciente y convencido por experiencia de que el fenómeno del japonés descarado es masivo y mayoritario, declaro inaugurada la sección fotográfica de Momento Verso de cazadores cazados.

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Mírale ahí escondidito detrás de los bolsos. Te pillé, amigo.

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Este chico, pese a no mediar palabra, se agachó con su espectacular cámara analógica, al tiempo que yo me agaché con mi vulgar smartphone y esperó paciéntemente a que le capturase. Una vez consumada la expresión de mi trastorno, me guardé el smartphone, del todo inapropiado en una foto analógica, y en un acto mudo y extraño de complicidad compartida miré al ojo de su objetivo y me dejé capturar con Tania a mi lado escribiendo.

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Estos portugueses luego se acercaron a hablar con nosotros y nos pidieron un poema sobre la pintura por lo que no son el mejor ejemplo de japonés descarado. Sin embargo sí que es cierto que su primer acercamiento, el que sale en la imagen, sí que fue bastante brusco y sin mediar palabra ni gesto.

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