Desnudo y exhausto mientras sonríes

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El pasado 8 de enero caían goterones por los tejados de Madrid pero en un irreductible lugar llamado Aleatorio, bajo ese foco inquebrantable, Maria Helena del Pino y Alejandro Panés compartían algo más que escenario. Dentro de la cotidianidad de un 8 de enero lluvioso, dentro de su aparente melancolía, aquel foco se empeñó en iluminar más que nunca, se vino arriba, se creyó el mismísimo sol que faltaría por otros tantos días y claro, se contagiaron.

Nota del posteador: Ya dejo de hablar de mí mismo en tercera persona.

Improvisar poesía delante de un público sobre escenario comparte ciertas cosas con la improvisación en la calle. Comparte la mirada de la multitud, la incertidumbre, la limitación del tiempo… Difiere sustancialmente en la atención. Esas miradas están ahí para verte, para escucharte, ya saben a lo que van, no hay que ganarlas frente a los ruidos de la calle, las prisas y las voces de los tenderos. Sin embargo, hay que ganarlas de otra forma también.

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Ese silencio y esa atención que se generan en escena mientras improvisamos en la máquina de escribir, no perturba como se podría pensar, sino que nos nutre de una energía mágica y extraña que provoca unos poemas improvisados extraordinarios. Que se lo pregunten a Tania en Poesía o Barbarie.

El sonido de las teclas sobrevuela las cabezas en aviones de papel. De vez en cuando tomamos un sorbito de cerveza y contamos trazos vagos de nuestra experiencia en la calle con la máquina con las sonrisas. Una caricatura libre de una parte de nuestras vidas. Con confianza y algo de puesta en escena. Recitar de memoria es como una meditación estentórea que se abalanza sobre el silencio y la expectación. Como un bárbaro a punto de conquistar un poblado con una pluma y un papel.

Las guirnaldas que sostienen el ambienten vibran bajo el abrigo aparente del silencio y descubren la verdadera naturaleza de la realidad. Hechizo pasajero y efímero de causalidad trenzado a base de vínculos emocionales con los demás. El verso es la aguja con la que hilar el tiempo durante esos pequeños intervalos en los que solo hay presente y sentir es nuestro modo hegemónico de funcionamiento. Sentir el silencio. Sentir el miedo. Sentir la lágrima fluyendo dentro bajo la roca de nuestra personalidad. Sentir la conexión con el público. Sentirte desnudo y exhausto mientras sonríes.

Nota del posteador: Como el foco, yo enseguida me vengo arriba y me olvido de que Maria Helena probablemente vivió el recital de una forma diferente, al menos en los matices, seguro que en su testimonio. Espero que lea esto y se lance a escribir un post sobre el recital. ¡Guante lanzado!

Y para terminar, me dirigí al público y dije: éste es el último poema que voy a improvisar. ¿Alguien quiere darme un tema?

Y mi padre, allí presente, tan solo perdonó dos segundos de titubeo. Ser, el tema que elijo es Ser.

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