Las bestias que habitan en nuestros estómagos

Momentoverso es el proyecto que mi hermano creó hace tres años y al que me he dedicado plenamente desde que regresé de Sudamérica hace dos. Entre mi hermano y yo, y ahora con María Helena del Pino (ella es un regalo), hemos conseguido que escribir poemas para la gente (lo que también nos incluye a nosotros mismos) no sólo sea una pasión pero también una forma de vida.
Desde hace un año vivo por, para y de mi máquina de escribir, y cada día me asombra más el hecho de saber que estoy llegando a distintos rincones del planeta gracias a ella. No se necesita mucho para viajar… tan sólo ganas, creatividad y humildad. Estar dispuesta a darlo todo sin esperar recibir nada a cambio. Es entonces cuando todo llega como un huracán incontrolable repleto de plumas y posibilidades.

Y digo esto porque el último mes no he salido a escribir a las calles del planeta Tierra. Me he refugiado en las montañas porque aunque momentoverso sea mi raíz (si no lo fuera, probablemente saldría volando entre tanto movimiento) últimamente me notaba algo aturdida, como un pescado chapoteando a la orilla del río. La última vez que escribí fue en Toronto y nunca he estado en tal sintonía con la gente ni he flotado tanto al conversar con desconocidos ni he vibrado con la entrega de todos aquellos que se pararon a dedicarme algo de su tiempo.

 

Pero mi cuerpo estaba en otra parte… Yo tan sólo podía pensar en animales. En las montañas…

En el silencio.
Y comprendí que después de tantos meses viajando, cambiando de lugar cada dos o tres semanas, después de cientos de poemas que ahora andan dispersos por Norteamérica y otras partes del mundo, después de entregarme a estas ciudades y a sus transeúntes y darles todo lo que soy, a todos y cada uno de ellos durante meses, entendí que había llegado el momento de meditar frente a los árboles y otorgarme el privilegio de parar. De acariciar a las bestias y sonreír en medio de un sendero al percibir mis entrañas temblando ante la simpleza de la libertad. Había llegado el momento de no hablar. De descansar mi voz, de guardar algo de energía para mí misma y todos mis tentáculos. Entendí que era el momento de descansar, y después de un mes me desconozco ante el espejo que no tengo. Me sorprendo ante el abismo de mi ilusión al saber que mi habitáculo será una caravana antigua durante dos semanas como una niña que construye un tipi con las sábanas de su cama. Me sorprendo a mí misma observando a la araña que vive en mi ventana y que cada noche sale de su coraza para recolectar todos los insectos que distraídos se dejaron seducir por la muerte durante el día. La observo durante 45 minutos y me digo a mí misma que no podría emplear esos minutos mejor. Cada día observo a los bisontes, porque no lo he mencionado aún, pero estoy en una reserva de bisontes americanos como voluntaria, y me siento al otro lado de la verja durante por lo menos una hora y media y me río sola ante el polvo de mi felicidad. Corto madera. Pinto. Planto, recolecto y paseo por el bosque durante horas. Y la vida es plena. Plena como una canción.
Lo más bonito es que no necesito a nadie, ni nada. Y por eso estoy con todo el mundo, y con todo. Es simple. Y este respirar, esta sensación de absoluta plenitud es algo nuevo para mí. Y lo estoy disfrutando como un potro que recién se levanta después de nacer y experimenta el mundo por primera vez.
Y volveré a las calles… ya sea de ciudades o pueblos. Volveré a las plazas… a las teclas y a su magia. Pero de momento hay otras cosas que aprender, y que permitirnos, pues el bosque y los animales están ahí para todos nosotros esperando a que perdamos el miedo a crujir las ramas con nuestros pisadas torpes y despertar a las bestias, esas que duermen dentro de nuestro estómago.
Tania Panés

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